Ciudadanos discapacitados – Editorial en La Vanguardia
Cuando hablé el pasado día 4 de abril de 2010 hablé de un artículo aparecido en La Vanguardia se me pasó por completo que ese mismo día el mismo rotativo publicó una editorial titulada “Ciudadanos discapacitados”. El texto íntegro de la editorial, que considero muy acertado, era el siguiente:
Una sociedad desarrollada se mide, entre otras cosas, por la igualdad de oportunidades que ofrece a sus ciudadanos. A todos sus ciudadanos, incluidos los más vulnerables, como son los discapacitados físicos y psíquicos. Afortunadamente, la sociedad ha ido evolucionando en la percepción del discapacitado, incluso desde el punto de vista del concepto. Ya no son diferentes, ni anormales o subnormales, ni son disminuidos, sino que son ciudadanos que disponen de una serie de potencialidades físicas, emocionales y psíquicas, que tienen derecho a desarrollar para no vivir necesariamente una vida dependiente de otros.
Se ha pasado de ver al discapacitado como un problema o una carga, por lo que tenía de marginado, recluido, olvidado y, en el mejor de los casos, asistido en el ámbito familiar, a reconocerle sus derechos en la vida laboral, social, educativa, afectiva y espiritual. De una mirada paternalista, cargada de prejuicios, se ha pasado a reconocer la autonomía del discapacitado, para que pueda desarrollarse en el máximo grado de sus potencialidades. Es este un reconocimiento que hay que atribuir al tenaz trabajo y a la lucha diaria de los familiares de discapacitados y de los profesionales que les atienden.
A pesar de este avance social, persisten todavía ciertas inercias del pasado que es preciso reconocer y resolver. Sigue existiendo cierta concepción paternalista del discapacitado, una actitud falsamente compasiva, que hace que en los ámbitos sociales, laborales y educativos haya dificultades que todavía debemos superar. Para ello es necesario que la sociedad sea osmótica con el colectivo; que deje de percibirlo como una carga familiar y económica; y que ponga los medios para que el discapacitado pueda desarrollarse social, laboral y creativamente, así como su capacidad afectiva y de crear una familia.
Para romper con esos prejuicios es necesario dar una vuelta de tuerca más a la concepción que persiste sobre el discapacitado de que es un problema o una desgracia personal, en lugar de verlo como un hecho natural. Porque el problema no está en el discapacitado, sino en la sociedad que no resuelve los obstáculos que todavía persisten en el orden de la movilidad, de la igualdad de oportunidades y en las barreras psicológicas que ven al discapacitado como un problema personal que “merece” un trato diferente. Todo lo contrario, el discapacitado merece un trato igual, sin obstáculos y con oportunidades de desarrollar su potencial. Como cualquier otro ciudadano.
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